“Podré tener miedo, pero la dignidad no se pierde…”. Pero tener miedo es perder la dignidad. Sentir temor por verse (en cualquier caso) en inferioridad de condiciones respecto de lo que amenaza es, justamente, caer. No perder la dignidad es la causa de arengar un cambio en oposición a la quietud, porque la quietud es no ser nada, es ser indigno... como un mueble en un rincón o un número en un legajo. Progresar por no moverse, prender fuego y no quemar nada, o quejarse redondamente sin atinar a acción reparadora alguna es como que te den una piña en la calle y pedir disculpas por cruzarse en el camino del puño ajeno. Así las cosas, venimos a disentir, y no porque nos inviten, sino porque disentir y no decir es también bajarse los pantalones y pedir que vayan mojando la toalla. Susceptibles, contrarios, en desacuerdo o mirándonos de reojo, todo suma siempre y cuando haya un atisbo de voluntad de progreso. Antagonizar sin razón o darse al papel de victima por el hecho del espectáculo mismo vale tanto como andar llorando por los rincones o menos que eso. Digamos que vale la mitad de nada, o nada (y aun así la mitad de nada es nada). Para alcanzar lo que se quiere hay que sudar la gota gorda, transpirar la camiseta, hacer un esfuerzo. Herencias, tradiciones, transmisiones, todo de arriba y nunca trabajar por ello y para ello. Palabras de colores, guirnaldas al cuello y arreglarse el maquillaje por ser como hay que ser si no hay mas remedio que ser. A la deriva en la alucineta nos perdemos en la niebla del recuerdo a jugar cartas marcadas esperando un puto full. Hoy todos somos (y vos camino a ello más que nadie) gente del pasado. Atrás quedarán los días del respeto, del regocijo en los nuevos encuentros. El conocimiento como arma ya no cuenta y jugar todo a ganador por una mera corazonada no nos seduce en lo más mínimo. Filosofía barata, zapatos de gamuza. Tu vestido acampanado y las copas desnudas. Los juegos que ligamos y alguna que otra yerba.
miércoles, 9 de mayo de 2012
lunes, 9 de enero de 2012
Refutación de las Escaleras
Nunca había sabido darse a explicar o explicar algo que quisiera, ni aún teniendo las mejores razones o los mejores argumentos. Y ésta no era, lamentaba defraudarla, la excepción, así que cualquier cosa que dijera no iba a ayudarla (bueno, eso le pasaba con todos). Sin embargo, sí tenía para decir que las ocasiones, aunque escasas, nunca les habrían de faltar. Es cierto que, si bien no eran las que él quisiera, las oportunidades que se daban eran buenas, y se aprovechaban. Más aún cuando esas ocasiones eran, quizá, lo único que les quedaba a algunos pocos. En cuanto a los escalones, bueno... ¿qué decir? No creía que hubiera tales escalones. Sí creía, y ya lo había dicho una noche, que los que subían o bajaban (siempre que no se tiraran desde un octavo piso) eran ellos; ya que, como es de público conocimiento, las escaleras NO EXISTEN. Como ya se dijo, no les quedaba mucho sin ese asunto. Quien quisiera hacer algo para reflotarlo tendría su incondicional apoyo (el cual no había sido siempre el mejor). Aunque más no fuera para corear la canción más triste y llorar juntos... al menos así hubiera valido la pena.
viernes, 16 de diciembre de 2011
Ritual
“Aprehender la unidad en plena pluralidad, que la unidad
fuera como el vórtice de un torbellino y no la sedimentación
del matecito lavado y frío…” (Rayuela)
Hola. Hola. ¿Por qué tenés esa cara? Porque estoy pensando. ¿En qué? Si es que se puede saber… Pensaba por qué todavía tenés una foto de tu ex mujer. ¿Dónde? Bueno, no importa, olvidate. ¿De qué foto me hablás? ¿De qué mujer? Una sobre la que una vez te dije. Y la buscaste, y me dijiste que sí era tu mujer. Hoy me fijé, de puro chusma, a ver si estaba, y sí. Por eso, me quedé pensando. ¿En uno de los cuadros de la casa? ¿De qué lugar estás hablando? No importa, olvidate. Pero no me contestás. Por algo no la quitaste. No, no importa. Es que no sé dónde la habrás visto, por eso no sé qué decirte. ¿En un cuadro en la casa? Porque quería saber si esa mujer era tu esposa. Entonces me preguntaste dónde estaba la foto y yo te dije que estaba en el portarretratos. Me hacés reír. La buscaste, la encontraste, la viste y me dijiste que sí, que era tu esposa. Por Dios mujer, qué iba yo a saber. Yo creí que la había quitado. Me hacés reír. ¿Qué es lo gracioso? Me hacés reír. Éso es lo gracioso, que vos pienses que yo no la quité por alguna razón en especial, cuando yo no sabía siquiera que esa foto seguía allí. Está bien, reíte solo entonces. Ahora veo si la encuentro y la quito. Adiós. Ahora resulta que te enojás por algo que yo desconocía. Increíble. Entonces el que se queda pensando soy yo. Vos te enojás porque yo tengo una foto de la cual desconocía su existencia, cuando vos sos vecina de tu ex marido y él sigue toda tu vida, hecho acerca del cual yo no digo nada. Bien, ya está hecho, ya la quité. Y dejame decirte que eran más de una, en más de un álbum. Insisto en que no sabía que estaban allí hasta que vos me lo hiciste notar, después me volví a olvidar, hace años que no miro esas fotos. Ahora las quité. No porque vos quisieras, sino para que no me corras con el cuento, pero es la última vez que pasa algo por el estilo. Vos bien sabés que estas cosas (por si no te lo dije antes) no me gustan. Las que pasaron, pasaron, y no se puede negar. Igual que tus ex novios, o ese muchacho que era tu prometido y que aún hoy trabaja con vos y que vive en la cuadra y ve todo lo que hacés o dejás de hacer. Pero che, si tampoco tengo una foto en cada pared de la casa. Somos grandes, ya dejemos de joder con estas cosas. Cuando se te pase la rabia me avisás. Adiós.
…y cada cual su camino, y eso fue lo último que se dijeron.
sábado, 12 de noviembre de 2011
Baldosas similares, veredas diferentes.
No es Dios todo lo que reluce, lo que iba a ser, la mierda que ha sido, y las ganas que ponemos y los tiros por la culata. Las idas, las vueltas, apuestas y aciertos. Lo incierto, lo cierto, lo fácil y lo que aburre. Poner empeño en algo que tarde o temprano hubiera decantado por peso propio, y la responsabilidad de cargar con tus cruces sin la más mínima gana. Sabernos artífices de lo ocurrido y eludir las verdades escondiendo silencios. Estamos acá porque vos nos creaste, somos lo que tus formas dan por fruto, producto de tu ceguera. Vacío, silencio, sombra y olvido. Motivos que nos sobran y el abismo que crece día a día sin que nadie tenga a bien tender un puente. Nos miramos, escuchamos, valoramos y damos por tierra con todo y cuanto pensamos podría haberse logrado. Aquello que juntó los caminos es lo mismo que hoy los ve separarse. Lo que se cree pueda ser la opción no pasa más que las primeras consideraciones para perder color ante el menor rasguño de la superficie. Esperar, escuchar el golpe en la puerta, dejar atrás la duda y abrir para entender que lo que se esperaba no era más que un concepto, una idea, un mito que nace en recuerdos de tiempos pasados que se perdieron en otras épocas, en otros patios. Y ser como hay que ser, porque no hay más remedio que ser. Comprarse los boletos de esta farsa, ponerlo todo a ganador, golpear el caballo y rodar por la cancha por saludar a la tribuna en lugar de aferrase a las crines. Los espejitos de colores llaman la atención, pero no sirven como tales. Hoy nos miramos de reojo mientras las corrientes siguen su curso. Nos llamamos a la ignorancia y nos jactamos de ser felices, presos de la falta de destreza y de la fascinación por nuestro propio ombligo. Los senderos se bifurcan y nosotros contentos. Las voces cada vez más quedas, los cruces a puro cinismo. Si te he visto no me acuerdo y tocá-che-negro-rada que acá no pasa nada. Mismos pinceles, otras pinturas. Misma canción, distintas pistas. Baldosas similares, veredas diferentes.
domingo, 2 de octubre de 2011
El Bosque detrás del Árbol
Andabas, sin pensar. No previendo, y andabas. Cuando menos lo esperabas te viste acorralado. Cercado por tus dudas y tus miedos, te viste de repente en un rincón, y nadie te sacaba. Hacía frío, estabas solo. Se acercaron y te preguntaron, y ya no teniendo a dónde correr, dijiste. Y no era, eso no era. Respondiste, como querían, pero no era lo que esperaban escuchar. Fue todo en vano, confuso. Te escuchaste hablar y del otro lado sólo encontraste silencio, un vacío, un antirruido. La no-respuesta fue peor que un castigo, cualquier pena hubiera sido mejor que la que te dictaban, pero ya no hubo salida, no hubo por dónde. Y la nada dolió. Ese estado nulo de consciencia que te mostraron te jodió tanto que dudaste de los propósitos de tu gesta, pero era tarde, siempre es tarde. Terminaste por no saber cuán caro había salido ser valiente, y no entendiste nada. Fuiste el bosque detrás del árbol, fuiste las respuestas que no pronunciaron. Todo era tocar fondo para volver a salir, pero el precio de volver a tomar impulso fue quedar empantanado. Ya no va a haber nadie que lave el barro, ni aún la lluvia. El manto de piedad que tiraron sobre vos te cubrió y ya no viste nada. Olvidaron a lo que habías venido y te sacaron a la fuerza del camino. Te invitaron a retirarte del tema a fuerza de silencios incómodos y risas nerviosas, y quisiste no haber dicho nada, pero había que hacerlo.
El futuro, en todo su esplendor, se muestra incierto, en lo más crudo de la palabra. Quedaste del otro lado del asunto y enfrente terminarán por levantar una pared que no te va a dejar ver; no vas a saber qué es lo que pasa, ya no más. El exilio es lo que se presenta como más factible, y está bien, debe estar bien. Cuando las crónicas recuerden los hechos de ese día, vas a ser el primero en querer ganarle al olvido, y vas a dar batalla para que recuerden de qué se trata todo; porque de éso se trata todo. En el final de los días, tu rival va a pretender que nada pasó, aunque va a saber que no fue así. Querrá firmar la paz, pero vos no vas a fumar esa pipa. Y vas a volver a la carga, siempre con tu carga. Y vas a entrar en su casa, en esa casa, aunque sea por un rato, aunque más no sea para saltar definitivamente por su ventana.
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